jueves, 15 de enero de 2009

heather brooke

Heather Brooke camina descalza sobre una hilera de sombras anónimas
que se masturban en la otra pared de la caverna.

No necesita el artificio de los pintalabios, ni las muecas osadas
de las marionetas,
ni la seda de las sábanas donde otros van a correrse.

En la feria de la carne, Heather Brooke se mueve como una princesa desnuda
dispuesta a dejar violarse a cambio de un poco de vino,
saborea el olor de su trono mientras se mece por corrientes
de saliva derretida,
de semen en proceso de ebullición.

Todos los hombres del planeta sueñan con ella cada noche de viernes,
cada noche de sábado,
cada domingo entero desde por la mañana.

En su boca abierta bullen los gritos de toda una humanidad
en el momento justo del orgasmo,
y en su garganta
sigue la fábrica de belleza tragando
y tragando
y tragando.

Heather Brooke saca su media sonrisa de hiena
y en ella pierden su fuerza la espada de todos los astros: siempre la luna más llena
fue la más deseada.

Saca su media sonrisa de hiena
y parece que diga: uy, se me ha corrido el rimel de la hadas.