lunes, 10 de junio de 2013

esperanza

Sólo había un pozo de mierda. Y hombres y mujeres que cargaban con todo un pasado hacia él. Y al llegar lo volcaban antes de taparse la nariz y salir corriendo. Llegaban de rodillas, arrastrándose, pidiendo perdón. Era su vergüenza. Su vida unida por errores, caminos raros como la rutina, tiempo perdido, impasibles y sin pasión. Detrás sólo había una salida, con un cartel que decía: huir. Y una flecha en dirección a cualquier parte.

Estábamos apoyados en la barra. Bueno, él parecía sostenerla más bien, yo al contrario reclinaba la cabeza como si me estuviera hundiendo. Ese dramatismo que tienen algunas borracheras. Escuchaba de lejos lo que él me decía tan de cerca. Y yo asentía como si pudiera entenderle. O como si quisiera. Arreglar el mundo cuando eres tú el que está estropeado es algo innegablemente estúpido. Una rubia me dijo: “buscas a alguien que no eres tú y te equivocas”. He tenido una visión en el silencio: todos gritábamos, pero no decíamos nada. Él seguía hablando y casi me dejo caer si no llego a apoyarme. En el vaso. Que se me escapa de las manos, pringa todo de cerveza, y se resbala barra abajo hasta estrellarse contra el suelo. Los cristales salen disparados, el vaso se convierte en millones de pedazos inconexos, un puzzle imposible de vidrio: los dos lo miramos. Sin decir nada. Él se acerca hasta el grifo y me pone otra. “Seguro que de ahí ya no se cae” me dice. Y yo miro el vaso roto y me miro a mí. Miro el vaso roto y me miro a mí. Miro el vaso roto y me miro a mí.

Soltaste todas las cuerdas porque decías que te ataban. Asumiste el precipicio y te hiciste el valiente en la caída. Bien que viviste sin frenos, cargado de culpas, aferrado al error de cometerlo. Y en la inconsciencia, puliste cada acto como búsqueda, te justificaste ante todos mintiéndote ante ti, tenías las palabras, los ejemplos, y la seguridad de las dudas de tu parte. Nadie podría pensar que no sabías lo que hacías, y tu fingías fingir para que nadie preguntara por tu sonrisa, esa mueca. Eras, digamos, como el actor que olvidó que estaba actuando, y cuando dijeron acción se quedó en blanco. Ahora la máscara empieza a pesar, y piensas en una llamada: la de Javi. Va a ser padre. Ha habido problemas con no sé qué y ayer les dijeron que habría que inducir el parto. Hoy. Al parecer el niño viene antes y con prisas. A este mundo. Qué ganas. En cualquier momento supongo que llamará para decir que ya está, que ya le ha tenido en sus brazos y ya le ha visto llorar. ¿Cuándo tiene un niño su primera risa? Javi y todo un mundo a sus espaldas. Siempre cargándose de responsabilidad a pesar de su miedo al compromiso. Y. Por eso precisamente, enfrentándose a sus miedos de frente y dispuesto a partirse la cara aunque salga cruz. Tener un hijo. Creo que ese es el único compromiso que te puede unir a alguien para siempre. Para siempre. Qué miedo. Acelera.

Era como en sueños. Trataban de correr y no podían. Se habían arrastrado tanto que las rodillas hacían un ruido oxidado en su anhelo de huida. Daban ganas de engrasarlos, de empujarles, de ayudarles aunque solo fuera por un impulso. Como esos ciclistas exhaustos que hacen eses con tal de no bajarse en plena cuesta. Asfixiados e impotentes, huían como histriónicos corredores sin fondo. Sin pasado. Hacia cualquier parte.

Lo cierto es que hay caídas que no terminan de terminar nunca. Siempre hay algo a lo que aferrarse, pero hacen falta fuerzas para hacerlo. Te pasas media vida construyendo andamios y un día disfrutas viendo cómo se destruyen. Salivas, y te entra un cosquilleo que cuesta detener una vez te has manchado las manos. Así que me puso una nueva cerveza mientras yo seguía mirando hacia el suelo. Hacia aquel vaso. “Mañana lo limpiaré, cuando friegue” me dijo como si a mí me importara. De la barra goteaba la cerveza y estaba formándose un riachuelo que pronto llegaría hasta mi taburete. Le miré haciendo equilibrios sobre mi asiento. “Sabes lo que es el pus de las heridas?” le pregunté. “Una infección” me dijo todo tranquilo. “Son células blancas del cuerpo que han luchado y muerto por detenerla, la infección” le dije. “Y qué” se encogía de hombros como si no entendiera. “Y nada, simplemente eso, es el principio del final de la infección, o algo así” levanté la birra todo lo que pude y la tiré con todas mis fuerzas contra el suelo. De nuevo cristales rotos y cerveza salpicandolo todo. “¿qué coño haces?” me gritó. “Pus” le contesté, antes de dejarme caer yo también contra el suelo.

Así que todas esas cuerdas que te ataban eran también las que te sujetaban. Y de toda esta prisa de andenes solo has conseguido viajeros que se cruzaban en tu camino durante unas pocas paradas antes de marcharse. Así que ahora no sabes bajarte si no es marcha, no sabes parar la sangría ni los golpes, achicas agua en tu bote a la deriva, a lo lejos las islas y la vida creciente de todo aquello que no te corresponde. Ha sido niña. Han tenido que sacarla por cesárea y cuando todo ha terminado hemos ido con unas cervezas a ver la cara posacojone de Javi. Estaba cansado, en chandal, y nos hemos tomado un par de latas y 4 o 5 cigarros en una parada de autobús. Celebrándolo. Javi, no ha sabido describir la sensación al verla. A la niña. Creo que no le han dejado cogerla pero ha podido verla llorar. De verdad, ¿Cuándo tiene un niño su primera risa? ¿Y una niña? Deberíamos habernos ido de fiesta, pero Javi tenía que volver al hospital, y Dano y yo trabajamos mañana. Aun así, ha sido bonito poder brindar por algo recién nacido. Y ver esa seguridad de quien tiene por qué luchar. Por quién. Esperanza, se llama. La cría. ¿Cómo no voy a ver poesía por todas partes?


Poco a poco se van convirtiendo en puntos lejanos. Titubeantes y perdidos, siluetas negras que se van alejando en su huida. Libres, radiantes y sin un pasado. No saben a dónde van. Tampoco lo necesitan. 

7 comentarios:

Noviembre. dijo...

El primer párrafo me ha dejado una sensación... sucia, es muy muy evocador, y una especie de metáfora de esas tuyas que siempre me hacen pensar qué será lo que te pasa por la cabeza.
Y la conversación de la infección (porque escribir aquí 'pus' queda demasiado brusco) es magnífica.

Enhorabuena, y esto no te lo digo por el texto. Que siempre te quede Esperanza.

Andrea R. dijo...

La espera ha merecido la pena.
Después de 6 años leyéndote, lo sigues consiguiendo.
Enhorabuena,
my pleasure.

Marta Jiménez dijo...

Eres una de esas personas que jamás deja indiferente. Desde luego que merece la pena la espera!

Un saludo y gracias por los buenos ratos.

yehm dijo...

de lo mejorcito por aquí últimamente...
al final resulta que las cuerdas no ataban tanto y los andamio no te guardan del vacío, ya nos advirtió Cortázar que arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe donde se está.

Marisa gs dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
María Isabel GS dijo...

Yo no sé qué voy a hacer contigo, con toda esa magia que desprendes; y no quiero ni pensar que haría sin ti y sin todo eso que haces, que remueves, cuando escribes.

Se te queda demasiado pequeño el mundo a veces con toda la vida que le pones a las letras.

Silvia Fernández dijo...

Esperemos que Esperanza sea una futura lectora de poesía. Me quedo con la frase de que las cuerdas que te atan son también las que te sujetan... qué cierto!