miércoles, 30 de octubre de 2013

La perpetuidad de un sueño al vacío

El teclado es infinitesimal con las risas de fondo,
el salto al vacío sujeta las huellas,
los alfileres son prendas osadas con las que trato de entrentenderte,
el rimel de labios te recuerda,
las paredes me hablan de ti
y yo asiento con mi cabeza gacha de siempre,
afirmo en silencio que te empiezo a echar de menos
desde aquel momento en que tuviste que irte
porque yo te lo pedí.
Admítelo.
A veces hago rayuelas con los pasos en falso
y el lugar de ir de frente miro de lado
y me enfrasco en billetes de lotería y tacones de aquiles
sin darme cuenta siquiera de mis propios fracasos.

Maldita sea, maldito soy,
Qué rabia da cagarse en dios por cada borrachera
en la que no te cojo de la mano.

Porque en mis malas jugadas soy el peor jugador: un irresponsable idiota que no acierta a quitarse la venda de sus tristes ojos. 
No reconozco el sabor a alpiste que han dejado tus labios
y el cartel publicitario esta vez reza: no me compres ni al por mayor.

Perdón.
Quizá este triple de última hora no llegue a tiempo, claro,
suelo ser de esos que se pelean
por vomitar en diferido las cobardías que no aceptan en directo,
así que me callo lo que debería decirte
a la espera de encontrar
una respuesta de arrecifes en profundidad que te humedezca
y te haga libre,
que te permita nadar en desnudez y calma,
que mis palabras sirvan para mecerte sin querer
enjaular de heridas este indomesticable amor de tigre
con el que amabas.
Sin compasión.

Bebo más de lo que cuentan.
Me temo.
Cada vez que tú no estás.

Y luego tus gestos en mi recuerdo
diciéndome sin acentos ni espacios
"cuídame cabrón, soy lo que nunca te va a volver a pasar en la vida".

Ser consciente de una inconsciencia no te convierte en mejor actor.
Me temo.
Cada vez que subo a un escenario o me caigo tras su telón.

Me he hecho un hueco, sí.
Es decir: he cavado mi propia tumba.
Y la he cubierto de tierra y de nada,
la he llenado de adredes
y réplicas,
la he cercado de alambres
y moscas,
de rabia gritándome hasta la jauría.  

Me he clavado hasta la última astilla
de andenes en retirada
intentando olvidarte.

Y a veces
todavía
ese sueño
en el que yo me despertaba
y tú seguías
dormida

abrazándome.

lunes, 21 de octubre de 2013

Un invierno sin sol, versión vídeo.


Yo amé, con perdón.

Amé por encima de todas las cosas, que es,
permítanme que les diga,
de la única forma en que se puede amar.

Yo viví
en un cálido regazo del amor,
protegido bajo su techo,
comiendo de su misma mano,
aprendiendo el fuego hasta verlo arder,
hasta quemarnos.
Compartí su sudor
y ascendí en su alegría de peldaño en peldaño.
Es decir: de dos en dos.

¿Sabéis qué?
Yo tampoco creía en la magia hasta que la vi.
A ella.
Irradiándola, desprendiéndola,
 descontrolando el tiempo
y cargándose con un gesto cualquier rutina impuesta,
criando una primavera en cada estación.

Solo querría decirles eso.
Decirles: yo tuve un reino y lo llamé hogar.
Y fue tan inmenso como el más pequeño de los detalles.
Una puta barbaridad.
Así debía de ser mi cuento.

Sin embargo, escribo desde el dolor aquel
en que solíamos gritar que todo acaba mal
porque si no, no acabaría.

Así fue
que todo se llenó de distancia
y de sangre,
todo se ensució de grietas y pudriéndo-
se pasó como una enfermedad
por delante nuestro,
un olvido por encima de nosotros
paseándose
jodiéndonos,
diciéndonos adiós,
a dios reclamadle.

Estas son mis ruinas y esta es mi voz.
Un paseo con vistas a los escombros.
Si veis al amor por ahí, solo decidle que lo siento.
Que el frío se ha hecho ciudad
y yo, solo, he aprendido a quemarme.
Que la poesía pague los destrozos
y su recuerdo sea mi única migaja de calor.
Esta es la historia de un derrumbamiento.
El infierno hecho paisaje.
Mi baile nupcial sobre el lodo.
Un invierno sin sol.

jueves, 10 de octubre de 2013

Dile a tu libertad que me devuelva mis cadenas, ya nos veremos en invierno.

 La rueda hundida en el barrizal y solo se te ocurre acelerar para salir adelante.
Qué podemos hacer sino embestir contra el barro como prisioneros que, una vez olvidada la libertad, han decidido extender su encierro, contagiarlo, hacernos partícipes de él. Con ellos. Con nosotros, es decir. En esa agonía de arenas movedizas hay un tiempo de descomposición, la muerte lenta, la plaga cotidiana del olvido. Me explico: una vez cedes al silencio, hasta la música te molesta. Mierda, cállate y ponte a gritar.
O como ya te dije una vez: acelera.

Yo tenía que haber  sembrado aire, creado refugios y cumplido sueños, tenía que haber inventado algo que no fueran palabras, haber apostado con fe por la piel ajena, haber disparado alguna vez contra mí mismo. Yo debería haber sabido destilar con sudor el talento y el fuego con carbón. Debería haberme manchado las manos, molido los ojos y partido la cara. Y tenía que haber aprendido a bailar, ese acto mágico de la naturaleza.
Yo tenía que haber criado poesías de amor que dieran su fruto, pero me quedé ensimismado regando su muerte. Dejándola participar y herirme. Es la fiesta de la sangre y tú también estás invitado, sólo tienes que perderte para llegar hasta aquí. Todos estamos borrachos. Tú también lo estarás. Un voto de confianza y millones de asco.
Calculemos el índice de putrefacción de nuestras ideas. Multiplicadlo por un olvido en cada error. Y comparadlo con la dignidad que todavía nos quede después. A la diferencia de todo eso yo lo llamo vergüenza, pero puedes llamarlo como quieras, si quieres. Incluso gritarlo, también. Pero no te lo calles. Por favor.

Porque de verdad que no tiene ningún sentido. Llevar la misma cara de cansancio al salir de casa que al volver. Y sin embargo lo veo tanto. En tantos. ¿De dónde esa fatiga diaria? ¿Desde cuándo ese odio gratuito de contrabando? ¿En qué momento se pasó del “un día más” al “un día menos” sin que nadie dijera que eso era como ir hacia atrás?

Quizá podríamos dejar de pagar por la fe y empezar a creer, de gratis, en nosotros mismos.
Quizá podríamos dejar de mendigar el pan y exigirlo como si no pudiera tener un precio. Como si nadie pudiera ponérselo. Como si ese derecho ni siquiera existiera.
Quizá podríamos dejar en cero el ayer para, por una vez, ponernos a sumar mañanas hasta el infinito. Luchar por las tostadas y el café. Quemar las banderas con que tapamos la desnudez vergonzosa de sabernos frágiles humanos temerosos de la sed y el hambre.  

Quizá podríamos, incluso, perdonarnos todo aquello que no pudo ser por eso de que el pasado es eso: pasado. Y de que en esta vida solo tenemos eso: esta vida.  
Lo triste es que hemos dejado de mirar hacia atrás para, simplemente, mirar hacia otro lado.
Lo malo es que seguimos asustados de poder perder lo que no tenemos.
Lo terrible es querer querer, y sentirte despiadado al hacerlo

No sé qué es peor, no tener nada o tener que pelear para quitarle una migaja a otro.
La soledad en cadena o condenada, un refugio donde posar la cabeza y los años, la sonrisa cansada de simular, el sucedáneo de libertades impuestas que aceptamos atados, y ya no hablo de manos.
Hablo de ideas.
De cómo fusilan el absurdo con su lógica de balas. De cómo disparan los disparates hasta matarlos. Hablo de que nos han prohibido darle cuerda a los locos y así estamos, completamente parados e incompletos de humanidad.
Hablo del qué dirán, del hasta aquí hemos llegado, del ni lo intentes con que han sembrado nuestro día a día.
Como si no habitáramos la noche.
Como si no pudiéramos crecer entre sus rendijas y hacerles daño, joderles bien, desangrar su impunidad y corrernos sobre ese asfalto de sentimientos baratos en bisutería, “todo a cien”, tú impídeme volar y veremos quién termina haciéndolo. Por los aires.
Pardiez, mandar a la mierda toda esta mierda no deja de ser una redundancia inmovilista. Pero cuánta delicadeza en el matadero. Pasábamos por turnos dándonos ánimos, diciendo “quién sabe” a los otros. Olvidando. Olvidándonos.
De que este baile de disfraces siempre ha sido así de raro. Una música de taladros nos inunda. Y las máscaras las llevamos en el pecho. “Por si acaso”.

Sólo digo que la risa de un niño es lo más grande que jamás he visto.
Que quizá ese sea el único camino.
“Seguir al niño” dijo una vez no sé quién.
Y nadie le hizo ni puto caso.
Así que, la verdad: no sé qué clase de clase queremos imponerles ahora
a ellos
cuando fuimos nosotros los primeros
que nos impusimos no hablar de amor hasta después de la guerra
y perdimos la única razón por la que luchar.


Ahí empezó nuestra derrota.

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Y mañana. Presentación de "Un invierno sin sol". Sesión doble.
Una en librería. Alberti. A las 19:00. 
La otra de bar. Los diablos azules. A las 21:30.
En los 2 protegido por la cálida voz de Isabel García Mellado.
Yo pondré el frío.
Y luego nos emborrachamos.
Muchísimas gracias a todos por esta suerte de lujo que es mi vida en vuestros brazos.
Aquí dejo el cartel que se han marcao los Casimiros.


lunes, 30 de septiembre de 2013

Cuando aprendí a disparar, dejé de mirarme.

La obsesión por rebuscar entre palabras, rascar las heridas, hurgarse en el dolor.
Mirar a la gente analizándola.
¿Con qué metáfora te definiría? ¿Dónde la vida y cuándo la ficción?
Soy el actor que hace de mí mismo cada día y venía a levantar el telón de los abismos.
Les recibiré en mi jaula.
Pondremos música y cerveza.
Contaré historias tristes que te harán creer que hablo de ti, que puedo hacerlo sin compasión ni tapujos, tan solo camino en la zona muerta de resucitar cada mañana y respirar, ese acto de suciedad anónima, de impoluta polución, ese gris espacio en el que dos pasos después te sientas sobre la silla apartando el polvo y la luz, como si una cortina de pájaros despegaran cada vez que reposaras la cabeza y cerraras los ojos.
Tengo tus sueños sembrándose en una carretera con demasiadas curvas, les subo la persiana cada vez que anochecen y les riego con mi voz cada semana, abracadabra parecen decir, a veces incluso lo gritan, vociferan alaridos como niños saliendo en espantada, huyendo del vacío y llenos de terror, como ratas en mitad de un océano de naufragios buscando a la desesperada, reclamando su trocito de piedad en cada cuento.
Claro que dan miedo.
Por eso solo aparecen cuando duermes, para no asustarte. Pero ya que has venido, ya que estás aquí recostado junto a mí, meciéndote en el aullido de esta puta canción de luna llena, recemos, al menos, por ella.
Por su dulce reflejo en la oscuridad y su alargado traje de insomnios en cada celda.
Qué humildad de teclas te han traído hasta aquí, amor, si solo eres una palabra.
Qué disculpa serena o rencor eterno, qué clase de perdón atado a un castigo,
qué mendicidad de silencios harán falta para otorgarte,
amor,
qué revolución en cadena traes, qué libertad atrapada,
qué precipicio de cima tan alta al que me has traído con los ojos tras la venda,
yo vivía de promesas imposibles, de anhelos de primera vez,
del intangible sustento de lo mejorable,
yo vivía de sombras en la pared y tú te empeñaste en dejarme ciego sólo por mirarte,
amor,
solo por querer tocarte o darte un beso,
solo por saber que hasta en el dolor fuiste tan grande como nunca jamás pude haber sentido.
Amor.
Si le veis, decidle que sigo buscando un culpable.   

martes, 24 de septiembre de 2013

apenas este disparo

Tu incapacidad de arranque y sudor
juega a los anhelos constantes como un viejo contador de sueños
atascado 
una y otra vez 
en el mismo barrizal de utopías 
que día a día 
se van quemando.
Con él. 

Así que toma, enciéndete un cigarro 
y no pienses demasiado en ello.
No vaya a ser que.

Desde la cuneta podrás ver el saludo fúnebre de las cosas que no harás
mientras te bebes una cerveza
y ves la noticias del fútbol. 
Doy gracias a la pornografía que me ha enseñado tanto.
Y a la tecnología por reinventar la solidaridad.
Entre hermanos. 
Malditos hijos de Caín.

Menudo cocktail molotov de gasolina y alcohol
que te has marcado como vida, cabrón. 

Luego, en tu decorado de cenizas contra el fuego, 
en tu capa de plástico contra la realidad,
en tu concepto anticonceptivo del amor
podrás decir 
que en tu metro cuadrado de inmovilidad
poseíste muchas cosas
incluida 
la poesía triste de quedarte parado 
a observar 
mientras todos los demás se partían la cara,
los años
y la razón
por sembrar un mínimo de humanidad que alisara el camino.
Que lo acolchara de suavidad para ti.
Que fabricara el confort y el regazo
en donde vivir, cansado,
preguntándote por qué luchar.
mientras ellos seguían luchando.

Verá, su majestad, que aquí los harapos vienen por dentro
mendigueándote la miseria
y después
nunca
se van.

Te vas a quedar sin excusas para tanto naufragio,
te vas a asfixiar entre impagos y justificaciones,
te vas a morder las uñas bajo el alpiste de los no puedo más,
pero lo triste 
es que solo los tristes se alegran de compartir su tristeza.

Es decir 
- y con esto apunto a mi cabeza antes de disparar-
tú, chaval, no sientes pena.

Tú, solo, la das.


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y este viernes en clamores
y este sábado en la casa del reloj
two words:  Valiente inverso. 

Allí nos vemos.

martes, 17 de septiembre de 2013

Un invierno sin sol

No sé por dónde empezar. Supongo que, echando una mirada hacia atrás, más o menos en torno a 2 años vista. Sol se iba a Praga a durante 6 meses y Marcus me dijo: si tienes un nuevo libro, te lo publico, si no voy a sacar la segunda edición de Alas de mar y prosa. Recuerdo que más o menos las fechas coinciden porque él quería quitarle algunos versos a Cambio de planes y yo le dije que no, que ahora que ella no iba a estar, necesitaba cada frase de esa poesía. Que siempre me ha dado fuerzas.
Lo que ocurrió en estos 2 años fueron 3 ediciones más de aquel libro de poesía, y la maduración en reposo, a fuego lento, como una descomposición creadora, mi vida en pleno derrumbe, muchísimas colillas en el cenicero y una adicción a la noche que todavía conservo. Lo que ocurrió fue que fui llenando todo de escombros y partidario del dolor, no supe ponerle freno y pisé a fondo el acelerador sin tener ni puta idea de hacia dónde conducía. Solo quería escribir el paisaje. Solo. Podía.
Cuando el viento se llevó las cenizas de una vida a la que había hecho saltar por los aires, y sin más refugio que las putas palabras con las que he tratado justificarme todo este tiempo, sin razón ni cortapisas, haciéndome daño como mejor opción, taladrándome en los bajos fondos, protegiéndome del dolor de la única manera que conozco: haciéndomelo yo antes de que pueda hacérmelo nadie. Cuando tuve un boceto desgarrado de mis heridas, me acerqué de nuevo a Marcus y le dije: tío, tengo un libro, y tengo que sacármelo de encima.
Y él me dijo: vale, si tú quieres yo querría seguir siendo tu editor.
Y yo le dije: tú eres, y en lo que a mi respecta serás mi editor, hasta que tú decidas dejar de serlo.
Supongo que esto es una fiesta de estreno. Un parto de muerte muy largo. Voy con lo que tengo. Desnudo y sin decoración. El amor se me piró, como ella alejándose en un recuerdo. Disculpadme la emoción. Nunca supe tomarme la literatura como un entretenimiento.


"Un invierno sin sol". Son 208 páginas, lo que hará que sea un pelín más caro que Alas de mar y prosa. en concreto 2 pavos más. 13 euros. Salió el lunes. Irá llegando estos días a las librerías y puntos de venta. Toda la info está en la página de la editorial "ya lo dijo casimiro parker", dejo aquí el enlace donde viene la lista de sitios que lo venden:
http://casimiroparker.wordpress.com/puntos-de-venta/

Gracias.
A todos los que pasáis por aquí, que nos habéis arropado en este proyecto de fe en la poesía. Por el cariño con que nos tratáis. El ánimo que transmitís. Las fuerzas. No voy a poder pagar tantas birras. Tantas deudas que tengo con todos vosotros.
Gracias.
A Marcus e Isa. Por haber hecho una vida en torno a la poesía y haberlo compartido conmigo. Escritores buenos hay a patadas. Y sin embargo qué difícil encontrar un buen editor. La suerte es mía. El mérito vuestro.
Gracias. Sol. Solo puedo decir que eres lo mejor que me ha pasado en la vida.


jueves, 12 de septiembre de 2013

hasta la fe, todo es borrachera.

Creo
a fe ciega y en modo all in
que uno no puede equivocarse si es honesto
con el resto
y también consigo mismo.

Bajo esa premisa construyo toda mi indecisión.
Y le doy vueltas a la ruleta.

Sin embargo
no puedo quitármelo de la cabeza:
un camino de piedras por el que voy saltando
 
 de error
   en error.

martes, 27 de agosto de 2013

Año I después de ti. Y toda esta mierda.

Mi anestesia de dolor implantado no suele pedirme permiso para despertarse.
¿Cómo voy a controlar lo que se mueve si estoy parado?
¿Dónde está el botón de start?
¿Estoy esperando algo o qué? No crees en dios pero sí en los milagros. Claro, Mr Night. Dale de comer a tus palomas, ellas ya se encargarán de cagarte después. La excusa es perfecta. Luego preparas las balas. Y disparas contra todo lo que vuela.

Soy el cabrón con pintas que aparento.
Cuando quiero. Hago daño.
Tómame como me quieras o no me tomes.
En serio.

Verás, hace muchísimos viernes que sueño con verte de espaldas sentada en algún bar, hace tantísimo tiempo que no mojo la piel de nadie cuando lloro, estoy tan acostumbrado a esta función de espía asentimental, de cobrador del frac contra uno mismo, de payaso triste disfrazado de hombre feliz. Hace tantísimas noches que la tranquilidad es solo un recuerdo, y sin embargo sigo parado, a mil pasos. Atrás.  
De donde nos dejamos.
¿en paz?
De aquel cruce que ni siquiera se rompió de un portazo. Silencioso y profesional, como un asesino de etiqueta negra, un mimo de gritos sordos. Como una enfermedad.
Poco a poco. Pero de golpe.
En golpe.

Hasta en sus destrozos es precioso. El amor. O sobretodo.

No.
Sobretodo no. No después de haberte escuchado reír moviendo el Atlántico. Meciéndolo.
Haciéndome cosquillas con tus antojos de paisaje en poesía, joder, informal y formidable como un vestido de verano con tus converses rotas.  
Y yo, con mis trocitos de noche a modo de regalo, caramelándote, lamiendo hasta la suciedad. Y lo que viene después del durante. Pausa y play en el mismo beso.  

Una vez me cogiste de la mano para cruzar la gran vía. Ese fue el mejor viaje de mi vida.
El móvil de mis actos en libertad.

¿Qué demonios podía ganar perdiendo tanto?  Qué clase de apuesta tenía en la cabeza? ¿Con qué dados trucados pretendí engañarme?
Cuando ninguna opción es buena cualquier decisión puede ser la mejor. Y toda esa mierda.

Demasiados kilómetros atrás, donde ni tú ni yo estaremos,
de nuevo,
jamás,
viene persiguiéndome cada paso que di después de ti, como fantasmas armados de espejos. Retrovisores.
Y tus ojos.  
A suplicar que mi culpa no te olvide. Que un hombre tiene que, ya sabes, pagar. Por responsabilidad o por castigo. A quién le importa.

Hay quienes lloran con fuerza y quienes solo lo hacen cuando se quedan sin ella.
Yo no tengo ni puta idea de por qué lo hago cuando lo hago.
Llorar.
Solo sé que no quiero que nadie lo vea.

Cuantas cuentas pendientes
de ti.

Deudas a cobrar en cobardías, cheques sin fondo contra el que estrellarse. Ha llegado el prestamista y estoy fumando. Pueden llevárselo todo, me basta con cerrar los ojos. Ya sabes. Solo en invierno tiene mérito el desnudarse, si es que lo tiene.

Desde el momento en que te conocí fuiste la chica de mis sueños. Y nada ha cambiado, supongo. Antes no, claro. ¿Cómo podría imaginarme a alguien como tú? Qué va. Mis sueños eran más pequeños y tú, con tus poco más de metro cincuenta, demasiado grande. Luego todo se dio la vuelta, o quizá solo fui yo quien se giró. Y mis sueños se hicieron grandes hasta el delirio.
Hasta el no quiero más, solo todo.
Y eso tuve: todo.
Solo.

En un desierto de granos de pena instauré mi anarquía. Levanté muros.
Construí lejanías.
Un mundo a mil instintos por instante. Nada más allá de un ahora. Apenas la mínima posibilidad de encontrarme entre letras sin domesticar.
Salvajes. Como el sexo caprichoso de los humanos. Esos animales.

No existe ningún pasado al que regresar.
Cada silencio otorgado es solo una nota más de este alambre de música rota.
De niños llorando sin sus madres.
Canciones de tumba para un réquiem aeternam.
No se empieza una guerra para descansar en paz. Supongo.

Esperé a que se pasase y se pasó. Luego, cuando la nada volvió, ya no me quedaban culpables, chivos inspiratorios ni honestidad. Así que puse en riego la mentira. Y caminé sobre las brasas, apagándolas. En la pista de baile, la bailarina hacía un gang bang con todas mis sombras. Y yo a lo lejos, me masturbaba mirándoles. Corroído por la envidia.

Vuelve a ser de día. Dentro de poco, los trabajadores y los estudiantes comenzarán a silbar su suave melodía de cansancio. Miro hacia delante y solo veo un inmenso bar lleno de holas para emborracharse. Los juguetes rotos pasan por hospitales y comisarías pidiendo su cita. Hay un cartel de “llegas tarde” en cada esquina. Es el año primero después de ti, y aquí nadie se lo toma como una fiesta.

Yo estoy parado. Perdido. Asustado y cobarde como relleno de miedos. De vergüenzas insobornables y pasos en falso. Nublado y solo. Incapaz de elegir un camino, de tomar una elección como vida. Mirando un mapa que me da igual. Aterrándome a unos principios que nunca fueron ningún punto de partida, mucho menos de partido.  Yo tampoco entiendo muy bien qué hago todavía en este desierto. El caso es que de tanto intentar soñar me puse a escribir. Y me he despertado llorando.
Celebrando este aniversario de silencios para dos.
Inmóvil como un no puedo.
Cansado y quieto
mientras todo pasa a mi alrededor:

no sé qué hacer, ni dónde ir.

Y sin embargo me muevo.

martes, 13 de agosto de 2013

El fin de semana en que casi cumplo 30 años.

Una camiseta blanca que me regaló Alicia con la foto mítica de Neal Cassadi y Jack keroauc pasándose mutuamente el brazo por el hombro, sujetándose en el otro, mirando a la cámara con eternidad y alevosía. What´s your road man? Holiboy road, rainbow road, guppy road, any road. It´s an anywhere road for anybody anyhow. Pone. Con cada road escrito en negrita.

No vamos a contar mentiras, vale?

Un viaje en tren. De alta velocidad. Según las leyes relativas eso debería hacerme envejecer más despacio. No noto nada al respecto. Pero qué rápido se pasa un viaje hacia tu ciudad cuando tienes un libro de Robert Sabbag en su punto caliente, con mucha nieve circulando de aduana en aduana antes de ser capturado Zachary Swan. Solo dejo de leer para escribir un mensaje a mi madre en el que la digo la hora exacta a la que llegaré, pronto, por la mañana. Del viernes.

3 días antes, mi madre me había llamado para pedirme a su manera humilde e indirecta que fuera a verla, que quería que la diera un beso, que hacía muchísimo que no iba por allí, que estaban en el pueblo, mi padre recién jubilado y mi abuela con su buen humor lleno de alzhéimer. Tenía guardia el jueves por la noche y ella había pensado que quizás el viernes, cuando saliera, podría ir yo por la mañana, pasar todo el día juntos, comer en el pueblo, y si eso volverme a Madrid el sábado antes de las cenas de por la noche. Mi jefe, cuando le dije el plan que mi madre había trazado, me dijo: quédate el fin de semana, y hablamos la que viene. Poco curro en Madrid, verano y sin terraza. Puros supervivientes detrás de una barra que tratamos de exprimir sin disparar unos costes que no se pueden amortizar con los pocos clientes que caen como gotas de agua en un grifo mal cerrado, despacio, despacio, despacio.

En los últimos años, mi madre y yo hemos ritualizado algo que en otro tiempo era fuente de cabreos y discusiones. El ir de compras como excusa para pasar el rato. Cada vez que llego con mi maleta de camisetas viejas, vaqueros rotos y zapatillas destrozadas, ella primero se lleva las manos a la cabeza y después me echa una bronca sostenida que tengo que suavizar haciendo chistes con desparpajo, guiñándola un ojo y haciéndola reír para que vea que, a mi manera desastrosa y desordenada, de verdad que no estoy tan mal. Pero ella prefiere comprarme la ropa y asegurarse, así, de que no pillo cualquier disparate hecho trapos simplemente por su bajo precio. Digamos que cada uno en los suyo lo ve como win&win de manual, y yo así puedo decir, con orgullo, que a mí la ropa me la sigue comprando mi mami. Además, estoy seguro, nos sirve para dar un paseo juntos, tomarnos algo, discutir sobre chorradas y contarnos, no hasta uno o hasta diez, sino contarnos.

Así que salimos en busca de unas zapas. Las que llevo, las únicas que tengo, están sucias y con algún roto que mi madre, al parecer, le cuesta mucho tolerar. “Haz el favor, Escandar, haz el favor” suele decir. Le encanta esa frase. Y a mi me conquista cada vez que la dice. En el durante, me cuenta anécdotas de la abuela mientras “vamos a esta tienda de aquí”, me habla de los proyectos imposibles del soñador de mi padre y luego “compraremos unos vaqueros, ¿largos o cortos?”, de la última vez que habló con Nur en la distancia y no te pongas nada roto, por favor, y me pregunta por mis recitales, que qué pasa con el cine, que ni se me ocurra montar un bar. Y así pasamos la mañana, de tienda en tienda hasta que me canso y la invito a sentarse en la terraza a tomarnos algo. Lleva un vestido de verano y está preciosa, con su sonrisa de niña pequeña y sus ojos de cuidados intensivos. Mi madre, cómo explicar… digamos que es de esas personas que todavía se pide un bitter kas. Creo que no hay mucho más que decir.

Yo, que me pongo de muy buen humor cuando estoy con ella, no puedo evitar coquetear con las dependientas y camareras que nos atienden. A ella le hace una gracia contenida todo eso, porque se da cuenta y piensa que soy un galán que no soy. A mi me gusta verla cuando ella se pone a imaginar. Como si entre toda su paciencia y cordura hiciera un hueco para un loco como yo. Como si me comprendiera a pesar de toda esa distancia que nos separa, y no se puede cuantificar en kilómetros. Sabe que trato de ser buena gente, aunque a veces lo haga fatal y tenga tantas cruces en la cuenta de mis errores, ella sabe que toda esa bondad que amasija a mí me sirve para seguir de laberinto en laberinto sin perderme del todo. Y no es poco, lo aseguro.

Después fuimos hacia el pueblo. Hacía muchísimo tiempo que no pisaba por allí. Si miro mis raíces y orígenes, he de reconocer que hace muchísimo tiempo de casi todo. Comí calamares rellenos. Hechos ex proceso por mi tía para mí. El mejor restaurante del mundo es el patio de mi casa. Mi abuela se esfuerza en apurar la comida del plato, y a cada rato pide un poco más de vino. Un poquito más. Y tú quién eres. De dónde vienes. Qué haces en Madrid. Repetido sucesivamente a lo largo de todo el día. Muchas veces.

Mi prima Alicia. Hizo historia por la universidad de Valladolid, y ahora arrastra una asignatura sobre arte latinoamericano que tiene atragantada desde hace 4 convocatorias. Entre medias se ha sacado un grado superior de formación profesional, y trabaja en becas que va pillando y curros que le dejen huecos para compaginarlos con otras cosas. Ahora está trabajando para nosequé de la diputación como guía de la iglesia de mi pueblo. Mi prima habla muchísimo de cualquier tema, y lo hace con tanta espontaneidad y sin ningún afán de imposición, como si lanzara más preguntas que afirmaciones en su discurso. Me lleva por la iglesia y me cuenta el proceso de su construcción, las fechas de sus retablos, el estilo de cada uno, me enseña el órgano, sometido a un proceso de restauración hará un par de años, un trasto enorme con mogollón de tubos, pedales, y teclas por todos los lados. Impresionante, pienso, que alguien sea capaz de tocar todo esto con un mínimo de sentido. Es casi tan complejo como una mujer. Pero no tiene las mismas curvas, claro.

Desde lo alto de las 93 escaleras de la iglesia de mi pueblo, miro el páramo infinito de castilla, su humildad de trigo y cebada, su monótono paisaje de agricultura de supervivencia. Qué barbaridad. Qué instantánea de andar por el pasado. Y qué presente empobrecido entre sus manos, machacado por la emigración, reducido a las afueras de la gran urbe, un lugar donde todos se tienden a ir para volver, como yo, una vez cada muy de vez en cuando, a contemplar las grietas y el desgaste, su dejadez, los espasmos supervivientes de un enfermo en fase terminal.

Supongo que tengo una relación de amor odio con mi pueblo. Allí pasé una infancia veraniega como solo un crío travieso la puede pasar, pero nunca encajé entre sus gentes, yo era un chico de ciudad (pequeña) que no pasaba de ser un intruso ajeno con los chavales de allí. Los únicos amigos que tuve eran los que, como yo, iban a pasar periodos vacacionales sin acoplarse a la rutina diaria de un invierno en el pueblo. El carácter seco y rudo de la zona, intuyo, hizo el resto. El caso es que, año a año, he visto envejecer ese puñado de calles, disminuir sus habitantes y en general abandonarse a la mala suerte de no tener el engranaje necesario para rodar a la velocidad de los tiempos que corren, siglo XXI y toda esa mierda. En las últimas elecciones para alcalde se presentaron un grupo formado por los pocos jóvenes que aun quedan. Una apuesta nueva que la gente, cansada de viejos caducos e intereses de partidos interesados en el poder, decidió apoyar. Y creo que más o menos lo están haciendo bien. Intentándolo, joder, dentro de las pocas posibilidades que tienen, del ningún dinero que manejan, del olvido perenne al que está sometido la zona. Estos chicos están luchando por resistir. Y como decían los viejos anarquistas: resistir es vencer.

Como casi todos los pueblos de este país a mediados de agosto, éste también tiene sus fiestas. En los últimos dos años, en lugar de limitarse a contratar una orquesta que tocara un puñao de pasodobles para viejos de otro siglo, han apostado por reactivar algo que, recuerdo, se hacía cuando yo era muy muy pequeño. Una semana cultural. Así que han llenado el mes de agosto de propuestas accesibles y colectivas, donde la implicación de la gente juega un papel fundamental. Y todos, parece, están cumpliendo con su parte. Cuando llegué al pueblo, mi madre ya me dijo que esa noche nos íbamos a ir de tapas por los cotarros. Los cotarros son la parte no urbanizada del pueblo donde la gente tiene sus bodegas, algunas de ellas reconvertidas en peñas donde los chiguitos se van a emborrachar sin que les vean sus mayores. Lo de las tapas consistía simplemente en, por un bono de 5 euros, ir de peña en peña y tomarte una tapa y una bebida en cada una de ellas, más un postre en el bar de la piscina. Nothing else. Se vendieron unos 320 tickets, lo que, teniendo en cuenta que es un pueblo de no más de 400 habitantes es, a todos modos, una muy buena cantidad. De tickets. Con el dinero se había contratado una charanga que iría en la cabecera, y toda la gente iría como en procesión detrás, fichando en cada peña. El resto del dinero se usaría para pagar una disco móvil el sábado, y los costes de todo el tinglado, caro.

Mi madre me había pillado un ticket, y la idea era que fuéramos todos en familia, con las amigas de mi madre, mi padre, y mi abuela. Pero mi abuela no puede andar más de 100 metros sin pararse. Así que mi madre salió un poquito antes con ella. Cuando empezamos a caminar con toda la gente, nos las encontramos a las dos sentadas en un banco de la plaza del pueblo. Qué imagen, vaya foto tenían. Las dos. Mi abuela como una niña pequeña, mi madre como una hermana mayor. Vestidas de verano, mi abuela con su chaqueta de eterna friolera, los pies casi colgando por sus menos incluso de metro 50, encorvada y canturreando, siempre canturreando. ¿Adónde vais? De tapas, abuela, vamos. Un pequeño gruñido, mi madre animándola para que coja fuerzas mientras nos dice por señas que vayamos yendo nosotros, que ahora irán para ya. Mi padre tira de mí y me lleva con el resto de la manada. La gente se saluda, comenta, un tractor pita pidiendo paso, algunos bailan al ritmo de la charanga, otros caminan en silencio como pensando y yo tengo la impresión de que todo el pueblo está allí y que estoy siendo espectador de algo que tampoco es mío, un testigo circunstancial de un momento que, para ellos, está siendo muy importante. Me recuerda a las pelis de Berlanga, cuando las pelis de Berlanga todavía se veían.

Y así, entre cerveza no demasiado fría, tapas no demasiado curradas, esperas más o menos asumibles y caminos no asfaltados, vamos picando al ritmo de la charanga, comentando la jugada, con mi madre turnándose con mi tía para estar con la abuela en la plaza (no consiguieron que llegara ni a la primera peña) y mi padre animado por ver un poquito de vida en el pueblo al fin. Mi padre. Nació en el otro lado del mediterráneo y se vino a España en la última época de Franco. A estudiar arquitectura, pero terminó siendo médico. Siempre le gustó el pueblo. Supongo que le recuerda al suyo, al que dejó en Siria con toda su familia y su pasado. Durante algunos años intentó participar y formar parte, pero como ya he dicho antes, Castilla no es el mejor lugar para un inmigrante, gente cerrada que a la mínima te echa en cara el no haber nacido allí. Así que ha tratado de mantenerse al margen pero le sigue gustando ir al bar y pagar el café a los compañeros de barra. Mi padre es una persona íntegra y con principios tan sólidos como sus ganas de hacer y de crear cosas. Odia la dejadez, la vagancia y la falta de compromiso. Y le encantan los niños, la juventud y todo lo que use la vida como metáfora. Él fue quien me mostró que todo se estaba pudriendo porque estamos dirigidos por hombres envejecidos que construyen una sociedad para viejos. Mal futuro, me dijo, si los parques, las ayudas, y en general las decisiones se toman pensando en el voto de los pensionistas que morirán en lugar de los niños que todavía no tienen derecho a voto. Por eso, mi padre sonreía y bailaba entre tapas y charangas, porque al fin, por una vez, había un rastro de vida entre la piel curtida de arrugas en que se ha convertido el pueblo.

Luego fuimos a buscar a mi madre, que estaba en casa con la abuela, dándola de cenar, esperándonos para ir a la piscina a tomarnos el postre. Esta vez fue mi padre el que se quedó a cuidar de la abuela, ya acostada. Y yo me fui con mi madre y sus amigas a cruzar la medianoche de este día de reencuentros con el pasado.

Me pido un gyntonic a mi salud, 3,50, ¿de verdad tanta es la diferencia de Madrid a aquí? El postre es una especie de tiramisú “bastante flojo” resalta mi tía, que se autoconsidera una experta en tiramisuses, la gente baila en la pista del frontón, los chavales de las peñas se zarandean con los más viejos, algunos cogen a uno de la charanga y le ponen a la cabeza de la conga, el tipo del bombo golpea con estridencia y se mueve con altibajos por la pista, los niños más peques corretean jugando a lo que sea que estén jugando, unos traen las copas del bar de la piscina, otros se traen el botellón de la bodega, nadie prohíbe beber ni fumar, el ambiente es festivo, son las 00:00 del día siguiente, 10 de agosto, y  recibo un sms con una frase que me recuerdan: “pedir una sonrisa como quien pide fuego”.

Estoy en las gradas, moviendo los hielos, liándome un cigarro, comentando las jugadas con mi madre. Ya podemos felicitarte. Me da 2 besos. Después mi tía. Después sus amigas. Yo sonrío como una fecha de caducidad. Estoy un poco vacío, me empieza a subir una tristeza, conozco la sensación, es de pérdida pero no de derrota, de nostalgia pero no de desprecio, tengo el volante delante de mis ojos, solo tengo que cogerlo y seguir una dirección, la que sea, what´s your road man? Me mantengo al margen, bostezo, fumo. Mi madre me pide el Gyntonic y le da un traguito, pequeño, corto, como para probarlo. Me entran ganas de darla un beso. Qué bonita es. La música no sabe de frenos, las congas se unifican en una sola y muy grande que se vuelve a romper en varias pequeñas, algunas señoras toman aire, una madre bebe un trago de kalimotxo en una botella de 2 litros, hay adolescentes por todas partes, veinteañeros de vacaciones, gente de treinta que se siente menor de edad, todos coinciden en la borrachera, todos sonríen, felices, y yo estoy en la grada, con mi madre, compartiendo un Gyntonic.
Y estoy triste.

Cuando llego a casa me termino el libro de Robert Sabbag. Y me pongo a escribir y a borrar, escribir y borrar, escribir y guardar. En borradores.
Lo pongo por aquí:
  
Un nudo de silencios en la garganta que no me deja ni vomitar a gusto, ni siquiera esta obscenidad de ver las grietas de mi desnudez, mi falta de acierto en cada disparo, la ausencia de ganas de nada que no vaya mas allá de volver a estar borracho y no tener esta piedad de condescendencias cada vez que hablo conmigo mismo. Sonrío, pero es como un árbol de navidad  en una casa sin niños,  una intentona de optimismo sin fe,  el dolor explícito  de una jaula de realidades que ignoré  por vivir prendiendo mechas, qué esperabas, chaval, qué esperabas.

No puedo dejar de verlo como una puta obligación. Cumplir años, esa mierda. Soplas velas que no se izan, recuerdas a todos los que  no están, y luego ves a tu abuela confundida por el alzhéimer, a tu padre con jubilación impuesta, a mi hermana luchando en otro continente, a mis tías muertas, y a ese sol que nublaste con todo tu humo hasta  lograr  una noche sin controles de alcoholemia ni rumbo, y bueno, mi madre está igual de preciosa que siempre. Por lo menos. Con esa sonrisa es imposible que envejezca. Perdón si en la celebracion se me mezclan las nostalgias y las tristezas me crecen como el niño cobarde que no se atreve a ser mayor por mucho que el tiempo le insista. Ya lo he dicho, es una obligación. Es una puta mierda. Felicidades.
 
Voy a desayunar como si no hubiera cumplido los 30. En la tele, “Cariño, he encogido a los niños”. Mi tía me mira impaciente esperando que la deje ver el programa de cocina. Me llaman, y pierdo el poder del mando de la tele. Muy noventero todo, excepto por el móvil.

Regazo. Risa fértil. Vida. Magia. La chica que controla el tiempo hace que una ráfaga de viento mueva las sábanas tendidas en el patio. Oigo felicidades y pienso: en tu voz suena mejor. Es una caricia templada. Un susurro suave suave. Un hombro, una muleta y todo un batallón. Por un momento no hay nudos. Ni cuerdas. Los equilibrismos se hacen en el aire y todo es posible. Imaginacción. Como un brindis. En tu versión de los pechos todo es poesía. Tu presente es mi mejor regalo. Entre el pasado a cuestas y la ansiedad de un futuro a veces esto se nos olvida. Cuídate mucho, por favor, un beso, hablamos.

De primero un mix de aportes colectivos: boquerones en vinagre preparado por mi padre. Jamón fino y del que brilla traído, seguramente, por mi tía Presen. La mezcla esa de surimi, huevo cocido y mayonesa que siempre me ha gustado tanto. Cangrejos cocinados por mi tía Marián (con mucho ajo y mucho perejil, por si alguien quiere la receta). Y de segundo codornices. Con cebolla y manzana. Sandía y tarta de chocolate. Café con primos y cosas de esas. Todo muy classic. Y le doy al botón del me gusta. Sí. Me gusta.

La princesa verde manda un mensaje de botellas llenas desde el otro lado del océano. Un Atlántico más allá, desde un país sin ejército, mi hermana se calla decirme que no le llegó el video que hice en la playa para felicitarla por su cumpleaños. No me dice nada de mi, por lo tanto, no felicitación. Y me manda una camiseta del Palencia de basket con el número 29 a la espalda: Algeet. Me cabrea que no la llegara ese vídeo. Me cabrea conmigo mismo, quiero decir. Porque es la única fecha que me sale sola y de carrerilla cuando me preguntan. Cuándo nació ella. No tengo ni que pensarlo. Y ahora ella piensa que ni me acordé. Y aun así, se lo calla. No dice nada, hasta que yo le pregunto. Eso es querer en el único sentido posible: solo de ida. Hacia fuera. Hacia ti.

Voy a volver a leer a Onetti. Voy a quedar con Frontela y decirle: ey amigo. Voy a intentar respirar tranquilo y tomarme las cosas con más calma. Voy a reírme de los deseos por cada lágrima de San Lorenzo que no pida. Dicen que hoy llueven las estrellas, seguro que alguno no sale de casa sin su paraguas.

Una mariposa escala una montaña y yo sonrío. Cosas del caos, supongo.

Un concurso de tortillas era el acontecimiento del sábado en el pueblo. Y mi padre, especialista en tortillas desde que tuvo el hostal, participa. Él hace ese tipo de tortillas sólidas, cuajadas y muy muy grandes. Una tortilla enorme. Será por huevos, parece decir. Y aunque no lo reconoce en público, le echa un par de dientes de ajo muy muy picados. Entre que el jurado hace la degustación, hay programado un monólogo que hará un chaval del pueblo. Bueno, no sé si es del pueblo exactamente o familiar de. No distingo entre unos y otros. Hay unas 25 tortillas, y todo empieza tarde. Como un recital de poesía, pienso. El chaval al fin comienza el monólogo. No se escucha muy bien, en el frontón, que está sotechado, reverbera quizá en exceso el sonido. Un altavoz solitario y un micro inalámbrico bastante inestable tampoco ayudan. Pero todo más o menos rula hasta que, en mitad de un chiste, el chico se queda en blanco. Se le va. Nos mira. Todas las gradas están abarrotadas por la gente del pueblo. Se pone nervioso. Aplausos de ánimo. Pero él se está encerrando en sí mismo. Bloqueado, intenta tirar de memoria en lugar de improvisación. Imposible hacer reír así, pienso. Te estás equivocando de salida, pienso. Es un hundimiento, y has tirado el instrumento para salvarte. Sin música. Pienso. Y ya no sé si se lo digo a él o me lo digo a mí. El caso es que dice que no puede seguir, y se rinde. Así. En silencio.

No ganamos el concurso de tortillas, mecachis. Trajeron a la abuela y la pusieron una silla del bar en el frontón. Parecía una reina, atendida y rodeada por todos. Luego fuimos pasando a probar las tortillas, aunque yo solo probé un trozo de la de mi padre. Estaba rica. “pero o las haces más jugosas o no ganarás un torneo en tu vida” le digo. A mi padre. “qué sabrás tú” me dice él. “te lo digo en serio, papá, las tortillas de los bares están muy bien para los bares, pero para un concurso tienes que hacer una tortilla de concurso”. Se ríe. No sé yo si me toma muy en serio.

Volvemos a casa y yo me voy a Palencia. Mi madre me deja su coche, y con esa preocupación de “pórtate bien” implícita en la toma de mando, me entrega las llaves. Sonrío y nada más arrancar se me cala. Puta manía de dejar la marcha metida.

Había quedado con Frontela y con Sergio, en ese orden. Todo el mundo me andaba contando que si Frontela apenas salía, que si gruñía mucho, que si estaba encerrado y cosas de esas. Frontela es un tipo que caza demonios en su propio coto privado. Que no le gustan las apariencias, el vox populi ni la gente en sociedad. Excepto cuando tiene ganas y fuerzas, que entonces deslumbra y baila como Ali contra Sonny Liston. No ha tenido mucha suerte últimamente y lo que más le jode, intuyo, es que él ni siquiera cree en la suerte. Pero le pongo una cerveza, música, y nos ponemos a contar. De todo. De todos. De las cosas que hemos hecho mal en todo este tiempo que es casi una vida juntos. Del bar que podemos montar en cualquier momento. “Dime solo que quieres hacerlo y allí estaré contigo”, me dice. De  mujeres, claro. Y de fútbol. Por supuesto. Sergio me enseña su nueva casa, un pisito alquilado a una esquina de la mía. Nos recibe a Frontela y a mí con una bata que le da un look de traficante. Al parecer ha quedado con no sé quién para tomar algo en la terraza del bar de abajo. Así que bajamos. Los 3. Y es allí donde conozco a Riky. Pelo corto como a cazuela, pies puestos sobre la silla, cara de sueño, ojeras, sentado entre 3 chicas y otro chico. No me acuerdo de ninguno de los nombres de los demás. El ambiente es bueno, la temperatura también. Todos beben mojitos menos Riky, que ya no bebe el refresco que se ha terminado. Se le nota cansado, aunque quizá solo esté aburrido. Frontela se sienta a su lado. Y yo al lado de Frontela. Junto a una de las chicas. Pedimos cerveza. No sé qué dice Frontela pero Riky, que sigue con los ojos cerrados, le pega un manotazo sin mirar y se despierta. Su madre medio le regaña. ¿cuántos años tiene? Le pregunto a la chica de mi derecha. 4. Me responde. Estoy aprendiendo algo. Me mantengo al margen. Observo. ¿quizá no debería irse a la cama? Le pregunto a la chica de mi derecha. Está con su madre, me dice, y van juntos. A todas partes. Me dice. La educación prohibida. Todo lo que te dicen que no deberías hacer. Miro a Riky discutiendo con Frontela sobre cuál de los 3 coches de juguete que hay en la mesa es el más resistente. Frontela, que es ingeniero, le expone por qué el más viejo y pesado es también el más duro. El chaval se lo piensa y defiende el que más le gusta a él. Cómo se debe educar a un crío. Qué camino has de seguir y por qué, al parecer, solo hay uno y es tan rígido. La educación prohibida, he dicho antes. Lo cierto es que el chaval es, posiblemente, el crío más espabilado que he conocido. Al parecer su madre necesitaba salir por una noche y así se lo dijo. Y allí está él, con ella, de golpe animado y jugando con Frontela mientras los otros, nosotros, tomamos mojitos y cervezas sin escandalizarnos de que sea la 1 de la mañana. Brindamos. Yo nunca he sabido cuidar nada ni a nadie. Las cosas o se me rompen en una semana o me duran años de maltrato. He ido por la vida regateando responsabilidades, dejando morir plantas e imaginándome incapaz de ser padre excepto una vez, cuando tuve el punto de apoyo de un motor lleno de fuerzas, que me las daba. Ahora que veo a Riky aguantando el cansancio mientras mira la sonrisa de su madre, pienso que a veces nos autoimponemos la obligación de tener que hacer las cosas como el resto de gente nos dice que las hagamos. La gente que duerme de noche gobierna nuestras vidas. Gracias por el consejo de vuestros horarios. ¿nos vamos o pedimos otra birra?

Nos vamos. A la tabernilla. Buscando bares baratos de provincia. Bagueterías donde poder comer algo. Alguna chica que nos preste atención. Es sábado, y estoy con dos de mis mejores amigos. Borrachos. El alcohol va subiendo como la marea y nos va mareando. De bar en bar desvariamos, hasta esa despedida en que le das la mano a tu amigo y mirándole a los ojos sólo dices: nos vemos, cuídate, y dame un abrazo. Cabrón.


Termino en casa, dormido frente al ordenador. Diciendo adiós al día en que casi cumplo 30 años. Con un sentimiento extraño de gratitud y pérdida. A punto de llorar, y juro que no sé si esta vez es de felicidad o de tristeza. NO estoy tan mal. Pero necesitaba una parrafada de 7 páginas que me lo dijera. Ya las tienes, Escandar. Y que cumplas muchas más.     

martes, 6 de agosto de 2013

en algún lugar... en algún lugar...

En algún lugar de mis lágrimas salimos los dos abrazados.
Oliendo amar.
Con fuerzas.
Y sudando.

Hay un secreto de luces brillando en nuestra mirada, no cabe el frío en nosotros,
y parecemos dos cómplices primerizos que se tantean
tocándose con suavidad de regazo.
Estamos preciosos, casi nuevos.
Seguros. (no se si debería poner una interrogación aquí)

Un orgasmo a medias vale doble. ¿Probamos?

Con la voz ardiendo te susurraba promesas de cera que se derretían en tus oídos.
Y hacía lo mismo con la lengua, solo que entonces eras tú la que te derretías.
Y yo aprovechaba para beberte.
Has sido la mejor borrachera de mi vida.
Y mira que he tenido muchas.
Que me he paseado de ciego en ciego y haciendo eses
por cunetas donde “solo los que van a morir aceleran”
y sin delicatessen
he bailado a un asfalto de velocidad la danza
de los truenos sin refugio, el vals de los atormentados.
Era el ruido lo que me gustaba. Las palabras. El griterío.

Amabas la paz, pero te excitaba la guerra.
No te comas la cabeza buscándole más porqués, anda.

Qué sed de resaca, joder, qué puta mierda.

En algún lugar de mis lágrimas
donde tú me hacías reir
a mí,
que solo sabía llorar,
salimos los dos abrazados
como a punto de dar el salto.
No hay ningún dónde a la vista, sólo las ganas de.
Y parecemos dos ojalás animándose con la euforia de un amateur en la materia.

Recuérdalo cuando vengan con todas esas definiciones a limitarla:
el único truco siempre fue creer en la magia.
Y yo me siento como si estuviera condenado a volar por los aires la libertad de dormir en el nido.

Hay personas que solo aman lo que pueden destruir, y otras que solo construyen a partir de lo que odian.
Por lo menos táchame lo segundo.

Porque mis odios son tan lejanos como el oeste
y están tan a tomar por el culo de mí
que solo puedo decirte, de mis odios,
que los perdí en un botellón de fusilamientos
el día en que te odié porque no estabas.
Yo.
Odiándote a ti.
Qué clase de coraza soy capaz de fabricar.

Quererte a la intemperie y sin disfraz.
Así empezaba mi pesadilla: con un invierno, y tú llorando.

¿Ves esta mancha de carmín? es la mejor cicactriz que poseo.
Una mentira es el recuerdo táctil de tus labios
en mi cuerpo,
una herida
puesta por mí
en mitad del escenario,
esta es su sangre, aplaudan a los crucificados.  

Me busco los porqués a latigazos y a base de no encontrarlos termino excitándome.
Cómo te crees que edifiqué si no este muro de las justificaciones:
con los trazos destrozados de las casualidades que nos unían.
Mi palacio de lágrimas sin secar.
mi utópica osadía de andar por casa.
Suite smile 
“habitación con vistas a ti”.
(amabas la paz, ¿recuerdas?)
en algún lugar…

en algún lugar…

de mis lágrimas

todavía


goteas.

En fin.

martes, 23 de julio de 2013

Lo todo

Olvidar las virtudes y conocer los defectos.

Ese es el trato de mi irreverencia.
Inclinarme ante mis pecados
y besar cada baldosa de suelo
en la que caí.

¿A partir de cuántos errores se considera experiencia?

Vivir a cuestas con lo puesto.
Ya sabes.
Volcar la bolsa y decir: con esto 
hasta que la noche acabe.

Y así
seguir la huida hacia...
...dónde corrías
?

Empiezo a odiar tanto decir lo siento.

Tantos puñales de sala de espera
y toda esta mierda de bisturí,
de anestesia después de la pólvora,
de heridas abiertas como esas ventanas
por dónde una vez dije
que solo tú podías entrar.

Y era verdad, sólo que yo ya no estaba.

Querer es un sentimiento que puede ser egoísta 
en la personas equivocadas.


Como yo.


Dale al botón de olvidar
o dale al play a ver qué pasa, cabrón,

a ver con qué miserias edificas tu reino.

Ojalá.

Nunca te defrauden por sorpresa
y cada gol
lo celebres como el primero

Ojalá.

Te sigas riendo con la misma fuerza
cuando vengan
a pedir la magia de tus amuletos
y les enseñes 

este camino de migas de pan:
un granizar de buitres comiéndote las manos
a un lado
y del otro
un cementerio de escombros donde beber
y olvidar.

Lo todo.


martes, 16 de julio de 2013

en la estantería, junto a una bolsita de maría que ya había dado por perdida, encontré este texto.

Ojalá pudiera decirte “tengo un plan”. Pero no es verdad. No lo tengo.  Y dudo de que alguien lo tenga. Toda esa peña que señala con el dedo el horizonte prometiendo un camino… mírales a los ojos. No tienen ni puta idea. Ellos tampoco. Están igual de perdidos. Y yo personalmente tiro adelante, tengo trabajo, una familia que me hace de red si me caigo, amigos con los que compartir mi vida, cosas buenas, que me gustan de verdad.
Pero luego echo un vistazo y veo que a un padre primerizo lo han despedido y no le quieren pagar indemnización ni los últimos 6 meses que le deben.
O que la madre de otra chica lleva dos años en paro, tiene 10 de hipoteca, y una casa que no logra vender ni por el precio que la compró.
Veo a mi jefe rascando la caja registradora en busca de monedas que le den para pagarle algo al carnicero.
Veo a tanta peña hablándome de otros países, de los idiomas que van a aprender, de que a lo mejor en el futuro es posible la vuelta con un poco menos de vergüenza con la que se van a ir.
A las putas de montera bajo la lluvia sonriendo su mirada triste mientras se oscurece (como una gota de semen negro) el rímel en sus ojos.
Y lo pienso, le doy vueltas. Qué hacer y cómo. Y no lo sé. No me da la inteligencia para eso. Ni siquiera me sé las reglas del juego más allá de la ficción. Y voy a las manifestaciones como un peoncito en busca de su casilla.
O de su callejón, nunca se sabe.
El caso es que todo se va a la mierda y tenemos que intentar frenarlo de alguna forma, porque como decía Álex Ángulo en el laberinto del fauno: "obedecer por obedecer, así sin pensarlo, eso solo lo hace la gente como usted, mi capitán".
Quizá hemos complicado todo tanto que ahora es imposible de abarcar. Que somos víctimas de nuestra propia ansia de comodidad. Que el lujo nos ha hecho débiles y caprichosos como animales domesticados.
Y claro.  
Pero cuando en las encuestas dicen que la mayor preocupación de los españoles es el paro, la economía, el terrorismo, etc, se equivocan.
O la gente miente (everybody lies, remember).
Lo que más le preocupa a la peña es con quien se van a acostar esta noche. Lo que da vueltas en sus cabezas suelen ser otras personas que se pasean desnudas cada vez que cierran los ojos.
No creo que todos los que recogieron las cabezas que caían de la guillotina de Robespierre pensaran en eso mismo. Y no sé si eso me gusta o no.
No sé qué es peor, o si solo lo es porque es menos peligroso.
Lo único que me reconforta es saber que si todo este desperfecto se puede cambiar, tendrá que ser para bien. Y que si no, todo va a terminar explotando por sus propios imposibles.
Y bueno, los que queden (o quedemos) tendremos al menos algo que contar a nuestros nietos (suponiendo que haya hijos que quieran seguir teniendo hijos, claro).
O a lo mejor, como buenos peones artos, deberíamos dejar de buscar nuestra casilla y ponernos a luchar en la que estemos pisando.
Sea cual sea.

Un abrazo, si es que ese gesto significa todavía algo.

martes, 2 de julio de 2013

una espalda por cada cuchillo afilado

Mis alas blancas de cocaína desplegadas sobre la tapa del WC.
¿dónde la mierda y dónde el paraíso?
Huir hacia delante sin mirar atrás.
Hay que correr más que ellos.
He visto ángeles de la guarda afilando sus cuchillos.
Riéndose a nuestras espaldas.

No sé quién me explicó una vez que era imposible asfixiarse a uno mismo. Que el cuerpo tiene sus mecanismos de defensa propia, y por mucho que aprietes tu propio cuello o te esfuerces en no respirar, terminarás haciéndolo por simple instinto de supervivencia. Y yo me pregunto: ¿hasta dónde aguantan las alarmas sin saltar? ¿en qué momento el cuerpo se da cuenta de que al cerebro se le ha ido la pinza y hay que tomar las riendas antes de que sea demasiado tarde?
¿Cuándo es demasiado tarde?

Un día él volvió. Había vivido del prueba-error todo ese tiempo. Llevaba los zapatos rotos en la mano. Estaba sucio, desgastado. Viejo. Fumaba un cigarro sin prisas, y repasaba los edificios sin gracia, las aceras serias, los transeúntes olvidados de aquel mismo paisaje al que había llegado convertido en otro. “Busca las 7 diferencias”, se decía. Una por cada vida. Pero en seguida comprendió que lo que había que buscar eran las similitudes. “Nunca se vuelve de la guerra” le dijo una vez un tipo más viejo que el diablo. ¿Dónde estaba y haciendo qué?
Una risa. Como de niña pequeña y de mar en furia. Una risa de bar en calma, de brindis en un hospital. Era todo lo que buscaba. Una risa. La había escuchado dos semanas atrás en un taxi que arrancaba con una pareja dentro. Y después una explosión hizo que los ojos se le llenaran de escombros volando por los aires. Sentimientos, a veces salen como cuervos en desbandada a picarte y joderte, a volverte loco. A veces te meten una risa en la cabeza. Una secuela. Un recuerdo. Una chica.
Una mujer.

Repasó las direcciones y los lugares comunes. Buscó en números de teléfono, en bares y en registros. Olfateó la ciudad como un sabueso, pero quién sabe cómo olía el pasado ahora que ya lo era.
Buscó como un transeúnte famélico entre la basura, cortándose con las grietas y los cristales, fue removiendo la mierda y encontrando mucha más. Mierda.
Pero ninguna risa.
Solo sequedad y tristeza. Como un tiempo asumido sin atisbo alguno de rewind. Dejó que la pena fuera llegándole. Primero en la suciedad de sus pies y manos. Después en las telas rotas de su ropa vieja. Le fue entrando por los ojos, como una lágrima interna de ácido quemándole por dentro hasta el futuro.
Un día él volvió y no había nadie esperándole.
Así que se dio la vuelta, consciente de que ya nunca más volvería.
De la guerra.

¿Cuándo es demasiado tarde?

Activar y dormir. Acelerar ojeras y cansancio. Buscar la adrenalina en el sueño, fumigar taquicardias y dejarse llevar.
Si no tienes a nadie que te coja de la mano, dejarse llevar es lo más parecido a ser libre.
¿Quién quiere matarse a sí mismo sin vivir antes en el intento?

Se han disparado las alarmas, y ahora están todas muertas.
No hay señales de aviso.

Y ellos están delante.
A la vuelta de la esquina de un futuro hacia el que vas.
Heridos por tu propia sangre.
Esperando a que les des la espalda.
He visto ángeles de la guarda afilando sus cuchillos.
Y tú mirando hacia atrás,
buscándoles.

Perdido. 

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y este viernes: recitalazo. Con 3 tipos de los muy grandes. De los de "bua", de los de "joder".
Carlos Salem
Marwan (cómo se apellidará?)
y Diego Ojeda.

Presentado por el imprescindible Marcus Versus, claro. Pardiez.

Dejo aquí el cartel, donde viene el lugar y el horario. Yo todavía no sé muy bien dónde es, pero al parecer han buscado un sitio donde haya hueco para todos. Mucha people cabe ahí, o eso me han dicho.
Abrazos y muchas gracias a todos los que pasáis por aquí. 
¿Este viernes unas cañas o qué?



viernes, 28 de junio de 2013

Que la inspiración no te pille pillando. O sí.


Sentarme a escribir lo que siento. sin miedo ni prisas, qué chorrada. Pero el caso es que se me lía la vida y creo que no le concedo la importancia que tiene (que quiero que tenga), y me voy distrayendo con esas cosas de la calle, ya sabes, drogas y sexo, noche y furia, ¿Dejarse llevar o dejarse caer? ¿suena demasiado bien o solamente suena muy alto?

Lo de la pasta de dientes puede que sea una buena forma de explicarlo. En mi casa, la de mis padres, quiero decir, el tubo de la pasta de dientes siempre se iba enrollando cuidadosamente desde la parte de abajo de la misma, así según se iba acabando no tenías que estar retorciéndola con cabriolas imposibles o apretar desde abajo porque no quedaba más pasta arriba. De dientes. A todos nos ha pasado. A todos los que no usamos el método de enrollarlo según lo vas consumiendo. Yo soy incapaz. En mi casa, en mi piso alquilado junto a Dano, nunca consigo poner en marcha esa chorrada de rutina. Ni siquiera sé si es que se me olvida o que simplemente paso. Pero no lo hago. Y encima Dano también se olvida de poner el tapón para cerrarlo. El tubo de la pasta dentrífica. Imagínate qué desperdicio.

El caso es que yo creo que tampoco es miedo, ¿pero entonces? Tiene que serlo. Porque vale que un desastre bien desorganizado pueda justificar más de un agujero en las velas. ¿pero el rumbo? Si las estrellas siguen allí al fondo, no tienen pérdida. Por qué demonios te has puesto a comer pipas distraído como si en la comodidad alguna vez te hubieras sentido cómodo. A santo de qué lujo vas a permitirte horas muertas, ligereza en las promesas y atajos que no empiezan en tus principios. A qué viene la condolencia contigo mismo si no tienes la calma ni la necesidad, si siempre te aburrió ser espectador o peor aún: solo un sueño.

En la caverna las sombras siguen pasando de una en una. Y nosotros nos seguimos mirando en ellas. ¿De verdad crees que la realidad es mucho mejor que todo esto? Yo de verdad que no tengo ni puta idea, no sé si es mejor mal que menos, ni le pido cartas al diablo ni le rezo monedas dios. Es solo una sucesión de sucedáneos con los que distraerse, pasear de puntillas como si pudieran no vernos, acechar con el confeti preparado para cuando seamos nosotros los que nos doblemos en cada campanada.

Te voy a contar un chiste:
            -¿Qué le dice un náufrago a otro náufrago?
-Nada.
Pues eso.

Tu defensa hace aguas como castillos de arena antes de la ola. Se puede perder en un segundo, pero primero que te pillen luchando. Que nadie y mucho menos tú mismo te cambie la imperfección de las palabras por el impoluto molde del silencio. El silencio. Creo que es eso que les gusta a todos los que doblan el tubo de la pasta por la parte de abajo.
En la caratula de un disco de Fito una vez leí: “Tanto silencio no entiende por qué canto”.
Y digamos que lo me raya es su fixed: “tanta música no entiende por qué nos callamos”.

Pero en fin. Soy un hijo de puta testarudo al que es muy difícil convencer para cambiar de vida.


Si no es un domingo, claro.